A U.S. Navy SEAL freefall parachute onto a frozen a lake in Northern Norway. Photo: Flickr/AN HONORABLE GERMAN
Five of the eight Arctic Council states are NATO members. So far, 2012 has also been a year where Swedes and Fins have moved closer toward full membership of alliance. If Sweden and Finland were to join, which seems plausible, NATO members would occupy 7 out of the total 8 seats in the Arctic Council.
In advance of this becoming reality the blogosphere has, over the last couple of months, been littered with conspiracy theories on secret plans for “Arctic war” between the NATO and the only non-NATO member in the Arctic Council, Russia.
It’s not relocating aircraft carriers to the Pacific or stationing 2,500 marines in Australia but China’s provocative establishment of a new city, Sansha, in the disputed Paracels chain takes the geopolitical drama in the South China Sea to a new stage. This escalating assertiveness may have a larger strategic importance as part of Beijing’s response to the often touted US “pivot” or rebalancing in Asia.
Proclaiming a new city on the 2km long atoll in the South China Sea (population some 150 fishermen), replete with its own mayor, municipal council, and military garrison takes the issue a step beyond diplomatic quarrels with other claimants, in this case the Philippines and Vietnam. China appears to also view its newly anointed Sansha as a sort of administrative and monitoring hub for the wider South China Sea area.
Benghazi caricatures of Gadafi. Photo: Wikimedia Commons
Late last week, the Office of Public Counsel for the Defence (OPCD), which has been representing Saif al-Islam Gaddafi at the ICC, filed its official response to Libya’s admissibility challenge at the ICC. The impressive report, a whopping 92-pages long, should be read in its entirety. It includes an in-depth account of the arrest and detention of Melinda Taylor and the ICC4. Kevin Jon Heller at Opinio Juris has covered the most controversial and pertinent bits of the report (see here and here) and has posted a must-read piece on the relevance of the failure to provide Saif with due process in Libya’s admissibility challenge. Here are a few things that I found particularly interesting and important.
Jonah natural gas field near Pinedale, WY, US. Photo: World Resources/flickr.
CAMBRIDGE – When President Richard Nixon proclaimed in the early 1970’s that he wanted to secure national energy independence, the United States imported a quarter of its oil. By the decade’s end, after an Arab oil embargo and the Iranian Revolution, domestic production was in decline, Americans were importing half their petroleum needs at 15 times the price, and it was widely believed that the country was running out of natural gas.
Energy shocks contributed to a lethal combination of stagnant economic growth and inflation, and every US president since Nixon likewise has proclaimed energy independence as a goal. But few people took those promises seriously.
TRÍPOLI – “La verdad es que no esperábamos estos resultados, pero… nuestro futuro es ciertamente mejor que nuestro presente y nuestro pasado”, señaló Sami al-Saadi, ex ideólogo del Grupo Libio de Lucha Islámica (GLLI) y fundador del partido político al-Umma al-Wasat, que alcanzó el tercer lugar en Trípoli Central en las pasadas elecciones legislativas libias. El hombre al que el líder talibán Mulá Omar llamara el “Jeque de los Árabes” y que ayudara a escribir el manifiesto antidemocrático “La opción es de ellos” del GLLI, aceptó la aparente victoria de las fuerzas libias más liberales.
De hecho, los resultados sorprendieron incluso a quienes no esperaban una aplastante victoria islámista. En el distrito electoral en que se encuentra Derna, que se suele ver como un bastión islamista, la Coalición de Fuerzas Nacionales (CFN), una agrupación de más de 60 partidos y cientos de organizaciones de la sociedad civil, de corte liberal, ganó 59.769 votos, mientras que el Partido de la Justicia y la Construcción (PJC) de los Hermanos Musulmanes (HM) obtuvo apenas 8.619. La también liberal Tendencia Central Nacional (TCN) llegó tercera, con 4.962 votos.
En el empobrecido distrito occidental de Abu Selim, donde a muchos islamistas se los ve como a héroes locales por sus sacrificios bajo el régimen del Coronel Muamar el Gadafi, la CFN arrasó con 60.052 votos, derrotando a los seis partidos islamistas, que recibieron en total menos de 15.000 preferencias. Como un todo, los partidos de tendencia liberal lograron el primer lugar en 11 de los 13 distritos electorales de Libia: la CFN ganó diez y la TCN, uno.
En todo caso, los resultados afectarán a solo 80 de las 200 bancas de la asamblea constitucional, cuyo mandato es nombrar un primer ministro, un gobierno y un comité para presentar un borrador de constitución. Las demás 120 bancas se asignan a candidatos individuales, que probablemente sean notables locales, independientes con fuertes vínculos tribales y, en menor grado, una combinación de políticos liberales e islamistas.
Más aún, si bien los islamistas fueron los claros derrotados, lograron votaciones bastante importantes en muchos distritos. En toda Libia, alcanzaron el segundo lugar en diez distritos (el PJC en nueve y la Coalición de la Originalidad, salafista, en uno). En Misurata, el PJC logró el segundo lugar, tras el Partido Unión por la Patria, pero aún así pudo obtener el triple de votos que la CFN, que llegó en cuarto lugar.
Sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿qué les ocurrió a los islamistas? Habían encabezado la oposición a Gadafi, recibieron consejos y asesoría de sus hermanos de fe de Túnez y Egipto, y adornaron su retórica con simbolismo religioso en un país profundamente musulmán. Sin embargo, para muchos no bastó con eso.
Una diferencia notable con los Hermanos Musulmanes de Egipto y el partido Ennahda de Túnez, por una parte, y los islamistas libios, por otra, es el nivel de institucionalización e interacción con las masas. A lo largo de las cuatro décadas en que Gadafi se mantuvo en el poder, los islamistas libios no pudieron crear redes locales, desarrollar estructuras organizacionales, jerarquías o instituciones, o dar pie a un sistema paralelo de clínicas y servicios sociales, como lo hicieran sus contrapartes de Egipto, Túnez, Marruecos y Jordania.
Como resultado, los islamistas libios no pudieron unirse en una coalición del tamaño de la de Mahmoud Jibril, el ex primer ministro bajo en Consejo Nacional de Transición, que lidera la CFN. En lugar de ello, sus votos se dividieron en varios partidos, seis de los cuales son significativos.
Sin embargo, otra razón para la fuerte convocatoria “liberal” fue el factor de “sangre”. “No daré lo votos de mi familia a los HM. Dos de mis primos murieron por su culpa”, me dijo Mohamed Abdul Hakim, votante de Bengazi. Está de acuerdo con el Islam debe ser la fuente de las leyes y que su esposa use un niqab, pero votó por los liberales: en los años 90 sus primos murieron en una confrontación, con toda probabilidad entre el Movimiento de los Mártires (un pequeño grupo yihadista activo en su barrio en esos años) y las fuerzas de Gadafi.
No obstante, muchos libios de la calle, entre ellos Hakim, no distinguen entre las organizaciones islamistas y sus historias. Para ellos, todos los islamistas son “Ikhwan” (HM). La “mancha” de haber participado directamente en acciones armadas, junto a los temores de que se implanten leyes similares a las de los talibanes o a una guerra civil como la de Argelia en los 90 ha dañado a los islamistas de todo tipo.
Una tercera razón tiene relación con su retórica de campaña. “Es ofensivo que se me diga que tengo que votar por un partido islámico”, me señaló Jamila Marzouki, graduada en Estudios islámicos, a pesar de creer que el Islam debe ser la principal referencia de las leyes libias. “En Libia somos musulmanes. No me pueden arrebatar mi identidad y reclamar que es solo de ellos”.
Otros factores tienen más que ver con el lado liberal. La legitimidad internacional de Jibril, su afiliación tribal (la tribu Warfalla abarca cerca de un millón de los 6,4 habitantes del país) y su estilo de liderazgo, junto con una amplia coalición, funcionaron bien para las fuerzas liberales. También lo hizo una campaña electoral inteligente que se centró en los incentivos y la esperanza, mientras exageraba las repercusiones de la toma del poder por los islamistas.
El resultado fue otra paradoja de la Primavera Árabe: un país que parecía reunir todas las condiciones para una victoria islamista produjo unos resultados electorales con los que solo podrían soñar los liberales de Túnez o Egipto.