Dos recetas de política para la crisis global

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International currency. Photo: Warriorwriter/flickr.

WASHINGTON, DC – Algo que los expertos saben, y los inexpertos no, es que saben menos de lo que los inexpertos creen. Esto fue evidente en las recientemente finalizadas Reuniones de Primavera del Fondo Monetario Internacional y el Grupo del Banco Mundial: tres días intensos de conversaciones que reunieron a ministros de economía, funcionarios de bancos centrales y otros responsables de políticas.

Nuestra pericia económica tiene limitaciones fundamentales. Consideren las políticas monetarias y fiscales. A pesar de décadas de cuidadosa recopilación de datos e investigación matemática y estadística, para muchas preguntas importantes contamos con poco más que criterios generales aproximados. Por ejemplo, sabemos que debemos bajar las tasas de interés e inyectar liquidez para luchar contra el estancamiento, y aumentar las tasas de interés de intervención y los coeficientes de reservas bancarias para contener la inflación. A veces confiamos en nuestro criterio para combinar la acción sobre las tasas de interés con operaciones de mercado abierto. Pero es un hecho que nuestra comprensión sobre la mecánica de esas políticas es rudimentaria.

Estos criterios generales funcionan (al menos tolerablemente) como resultado de la evolución. Con el tiempo, las medidas incorrectas son penalizadas y sus usuarios aprenden observando a otros, o desaparecen. Logramos que nuestras políticas monetarias y fiscales sean correctas de la misma forma en que los pájaros construyen sus nidos.

Como en todo comportamiento evolutivo, cuando el entorno cambia, existe el riesgo de que las adaptaciones vigentes se tornen disfuncionales. Esta ha sido la suerte de algunas de nuestras políticas macroeconómicas estándar. La formación de la zona del euro y medio siglo de incesante globalización han alterado el paisaje económico mundial, tornando ineficaces a políticas de validez comprobada.

Cuando se fundó el Riksbank sueco en 1668, seguido por el Banco de Inglaterra en 1964, se creía que cada economía debía contar con un único banco central. Durante los tres siglos siguientes, a medida que los beneficios por instituir un monopolio sobre la creación del dinero se reconocieron más ampliamente, se establecieron muchos bancos centrales, uno por cada economía con fronteras políticas.

Lo que no se anticipó fue que la globalización erosionaría esos límites. Como resultado, hemos regresado al pasado del que intentamos escapar: una economía única, en este caso, el mundo, con múltiples autoridades capaces de crear dinero.

Esto claramente muestra una falta de adaptación y explica por qué las masivas inyecciones de liquidez de los bancos centrales en los países avanzados no logran poner en movimiento a las economías y crear más empleos. Después de todo, en una economía globalizada, gran parte de esta liquidez se derrama a través de las fronteras políticas y genera presiones inflacionarias en tierras distantes, precipitando el riesgo de guerras monetarias mientras el desempleo local mantiene niveles peligrosamente elevados que amenazan con erosionar las habilidades de los trabajadores. El daño en el largo plazo podría ser devastador.

Lo evidente en las Reuniones de Primavera del Banco Mundial/FMI fue que casi todos los responsables de políticas están consternados y ninguno de ellos tiene una respuesta completa. Tampoco yo, pero les propongo dos ideas sencillas que pueden ayudar a mitigar la crisis.

En primer lugar, ante la ausencia de una única autoridad mundial de banca central, es necesario un atisbo de coordinación de la política monetaria entre las mayores economías. Necesitamos un grupo conformado por las mayores economías –llamémoslo «G Mayor»– que anuncie políticas monetarias en forma coordinada.

Para entender por qué, consideren el caso de Japón. Los responsables de políticas japoneses tienen buenos motivos para promover cierta inflación, e incluso corregir parte de la apreciación secular del yen durante los últimos seis o siete años. Pero, en el mundo unilateral actual, otros bancos centrales rápidamente responderían inyectando liquidez, provocando al Banco de Japón a actuar nuevamente. Estas acciones habitualmente se justifican como políticas para impulsar la demanda local, pero terminan alimentando una guerra monetaria sustituta de baja calidad.

Si, sin embargo, las economías del G Mayor anunciaran trimestralmente los cambios venideros significativos en las políticas –por ejemplo, una pequeña ronda de flexibilización cuantitativa en el país X, una mayor inyección de liquidez en los países Y y Z, etc.– los mercados sabrían que no hay una guerra monetaria en curso. Los movimientos de los tipos de cambio serían mínimos y solo aquellos buscados. Se limitaría la volatilidad, porque las inyecciones por represalias ya no tendrían lugar y la especulación disminuiría. Por otra parte, las inyecciones de liquidez probablemente tendrían mayor impacto sobre la demanda, ya que la sincronización reduciría los derrames transfronterizos.

La segunda recomendación tiene que ver con la mecánica de la inyección de liquidez, gran parte de la cual se realiza actualmente –en Europa, Japón y otros sitios– mediante la compra de activos. La Reserva Federal de EE. UU., por ejemplo, compra actualmente activos (muchos de ellos con respaldo hipotecario) por $85 mil millones cada mes.

Las inyecciones de liquidez y las bajas tasas de interés tienen un efecto microeconómico que ha recibido poca atención: bajan el costo del capital respecto de la mano de obra, y eso causa una disminución relativa en la demanda de trabajo. Muy probablemente, esto exacerba el problema del desempleo; ciertamente, no lo mitiga.

Una solución es canalizar parte de las inyecciones de liquidez para contrarrestar esta asimetría en los costos de los factores. Entonces, por cada $100 de nueva liquidez, podríamos usar $60 para comprar activos y el resto para brindar a las empresas un subsidio por la creación de empleo marginal, que podría resultar particularmente eficaz en economías con mercados laborales flexibles que permitan contrataciones de corto plazo.

Incluso si el subsidio al empleo se ofreciera durante, digamos, un año, las empresas se verían tentadas a usar más trabajo durante ese tiempo. Y, como el brote actual de elevado desempleo se autorrefuerza, una vez que se rompa el equilibrio por un tiempo, la economía podría pasar a un equilibrio permanente con mayor empleo, sin necesidad de apoyo gubernamental adicional.

Esta recomendación tiene un problema. Las compras de activos no generan efectos sobre los balances, porque los activos reemplazan al dinero. Subsidiar el empleo, por el contrario, constituye una inyección de liquidez pura. Sin embargo, precisamente por ese motivo, un subsidio al empleo probablemente será más efectivo para impulsar la demanda, por lo que una menor inyección de este tipo podría aumentar la demanda tanto como lo haría una compra de activos de mayor volumen.

Entre las pocas certezas disponibles para diseñar la política económica, está la necesidad de adaptarse al cambio externo. Nuestro desafío es como el de las mariposas en la época de la Revolución Industrial, que se adaptaron a su nuevo entorno contaminado con hollín oscureciéndose (para poder ocultarse mejor de los predadores). En una economía globalizada, no debemos dejar a los responsables nacionales de políticas volando en círculos alrededor de la luz.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.

Copyright Project Syndicate

Kaushik Basu es vicepresidente principal y economista en jefe del Banco Mundial. Además, es profesor de Economía en la Universidad de Cornell.

For additional reading on this topic please see:

International Trade and Finance: Key Policy Issues for the 113th Congress

International Monetary Fund: Background and Issues for Congress

CIGI ’12 – Five Years After the Fall: The Governance Legacies of the Global Financial Crisis


For more information on issues and events that shape our world please visit the ISN’s featured editorial content and Security Watch.

Deux recommandations politiques pour la crise mondiale

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International currency. Photo: Warriorwriter/flickr.

WASHINGTON, DC – Une chose que les experts savent, et que les non-experts ignorent, c’est que l’étendue de leurs connaissances est plus limitée que ce que pensent les non-experts. Ceci est apparu de manière évidente lors des Spring Meetings du Fonds monétaire international et de la Banque mondiale qui viennent de s’achever – trois jours intenses de pourparlers qui ont réuni ministres des finances, banquiers centraux et autres décideurs politiques.

Notre expertise économique est limitée en plusieurs aspects fondamentaux. Prenez les politiques monétaire et budgétaire. Malgré des décennies de collecte de données et de recherche mathématique et statistique approfondie, sur nombre de grandes questions, nous ne disposons guère que de règles générales approximatives. Par exemple, nous savons qu’il convient de baisser les taux d’intérêt et d’injecter des liquidités pour lutter contre la stagnation, et qu’il convient au contraire de relever les taux directeurs et les ratios de réserve de trésorerie des banques pour étouffer l’inflation. Parfois, nous nous appuyons sur notre jugement en associant aux mesures de taux d’intérêt des opérations d’open-market. Mais le fait demeure que notre compréhension de la mécanique de ces politiques est rudimentaire.

Ces règles générales fonctionnent (au moins assez pour être tolérées) grâce à l’évolution. Au fil du temps, les mauvais choix sont pénalisés et, soit leurs utilisateurs apprennent en regardant les autres, soit ils disparaissent. Nous obtenons de bonnes politiques monétaires et budgétaires de la même façon que les oiseaux construisent de bons nids.

Comme avec tous les comportements façonnés par l’évolution, lorsque l’environnement change, il y a un risque que les adaptations existantes deviennent dysfonctionnelles. Tel a été le sort de certaines de nos politiques macroéconomiques standard. La formation de la zone euro et un demi-siècle de mondialisation inexorable ont modifié le paysage économique mondial, rendant les politiques d’autrefois inefficaces.

Lorsque la Riksbank suédoise fut fondée en 1668, suivie par la Banque d’Angleterre en 1694, la motivation était qu’une économie unifiée doit avoir une banque centrale unique. Au cours des trois siècles suivants, quand les avantages de l’instauration d’un monopole de création monétaire furent plus largement reconnus, un grand nombre de banques centrales furent créées, une pour chaque économie bornée politiquement.

Ce qui n’avait pas été prévu, c’est que la mondialisation pouvait éroder ces limites. En conséquence, nous sommes revenus au passé que nous avons essayé de fuir – une seule économie, dans le cas présent le monde, avec de multiples autorités de création monétaire.

Ceci est clairement inadapté et explique pourquoi les injections massives de liquidités par les banques centrales des pays avancés ne parviennent pas à relancer l’économie et à créer plus d’emplois. Après tout, dans une économie mondialisée, une grande partie de ces liquidités traverse les frontières politiques, donnant lieu à des pressions inflationnistes dans des pays lointains et précipitant le risque de guerres des devises, alors que le chômage reste dangereusement élevé à l’intérieur des frontières, menaçant d’éroder les compétences des travailleurs. Les dommages à long terme pourraient être dévastateurs.

Ce qui était évident lors des Spring Meetings de la Banque mondiale et du FMI, c’est que pratiquement tous les décideurs sont en détresse et que personne n’a de réponse complète. Moi non plus. Mais voici deux idées simples qui pourraient aider à atténuer la crise.

Tout d’abord, en l’absence d’une autorité bancaire centrale unique au niveau mondial, un minimum de coordination des politiques monétaires entre les principales économies est nécessaire. Nous avons besoin d’un groupe des grandes économies – appelons-le « G Major » – qui annoncerait les politiques monétaires de manière coordonnée.

Pour comprendre pourquoi, considérez le cas du Japon. Les décideurs politiques japonais ont de bonnes raisons d’essayer de promouvoir une certaine inflation et même de corriger l’appréciation incessante du yen au cours des six ou sept dernières années. Mais, dans le monde unilatéral d’aujourd’hui, d’autres banques centrales répondraient bientôt en injectant des liquidités, ce qui inciterait la Banque du Japon à agir de nouveau. Ces actions sont généralement justifiées en tant que politiques pour stimuler la demande intérieure, mais elles finissent par alimenter une guerre des monnaies peu productive.

Par contre, si les économies du G Major publiaient des annonces trimestrielles concernant les importants changements politiques à venir – par exemple, un petit tour d’assouplissement quantitatif par le pays X, une injection de liquidités plus importante par les pays Y et Z, et ainsi de suite – les marchés seraient rassurés que les opérations en question ne relevaient pas d’une guerre des monnaies. Les mouvements des taux de change seraient minimes et seulement dans le sens prévu, et la volatilité serait contenue, parce que les injections en tant que représailles n’existeraient plus et la spéculation déclinerait. De plus, les injections de liquidités seraient susceptibles d’avoir un impact plus important sur la demande car la synchronisation réduirait les fuites en-dehors des frontières nationales.

La deuxième recommandation porte sur la mécanique des injections de liquidités, dont la plupart prennent actuellement la forme – en Europe, au Japon et ailleurs – d’achats d’actifs. La Réserve fédérale américaine, par exemple, est en train d’acheter des actifs (beaucoup d’entre eux garantis par hypothèque) à concurrence de 85 milliards de dollars chaque mois.

Les injections de liquidité et les faibles taux d’intérêt ont un effet microéconomique qui a reçu peu d’attention : ils font baisser le coût du capital par rapport au coût du travail, ce qui provoque une chute relative de la demande de main-d’œuvre. Ceci aggrave très probablement le problème du chômage ; et ne fait en tout cas certainement rien pour l’atténuer.

Une solution consiste à canaliser une partie des injections de liquidités pour lutter contre cette asymétrie dans le coût des facteurs. Ainsi, pour chaque tranche de 100 $ de nouvelles liquidités, on pourrait utiliser 60 $ à l’achat de biens et le reste à donner aux entreprises une subvention de création d’emplois marginale, ce qui pourrait se révéler particulièrement efficace dans les économies qui disposent de marchés du travail flexibles qui permettent l’embauche à court terme.

Même si la subvention à l’emploi était offerte seulement, disons, pour un an, les entreprises seraient tentées de recourir davantage au travail pendant cette période. Et, parce que l’accès de chômage actuel est un mécanisme qui s’auto-renforce, une fois que l’équilibre est rompu pendant un certain temps, l’économie pourrait se déplacer vers un équilibre à emploi plus élevé de manière permanente, sans avoir besoin d’aucune autre aide du gouvernement.

Cette recommandation présente un problème. Les achats d’actifs n’ont pas d’effet au bilan, car les actifs remplacent l’argent. Subventionner le travail, en revanche, revient à une pure injection de liquidités. Toutefois, précisément pour cette raison, une subvention à l’emploi devrait être plus efficace pour stimuler de la demande, ce qui implique qu’une injection plus faible de ce type est susceptible de stimuler la demande autant qu’un achat d’actifs plus important.

Parmi les quelques certitudes dans l’art de concevoir de bonnes politiques économiques, il y a la nécessité de s’adapter aux changements extérieurs. Notre défi est semblable à celui des papillons de nuit de l’ère de la révolution industrielle, qui s’adaptèrent à leur nouvel environnement chargé en suie en devenant plus sombres (et donc mieux à même de se cacher des prédateurs). Dans une économie mondialisée, les responsables politiques nationaux ne devraient pas être contraints à virevolter en masse autour des sources lumineuses.

Traduit de l’anglais par Timothée Demont

Copyright Project Syndicate

Kaushik Basu est vice-président et économiste en chef senior de la Banque mondiale et professeur d’économie à l’Université de Cornell.

For additional reading on this topic please see:

International Trade and Finance: Key Policy Issues for the 113th Congress

International Monetary Fund: Background and Issues for Congress

CIGI ’12 – Five Years After the Fall: The Governance Legacies of the Global Financial Crisis


For more information on issues and events that shape our world please visit the ISN’s featured editorial content and Security Watch.

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Two Policy Prescriptions for the Global Crisis

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International currency. Photo: Warriorwriter/flickr.

WASHINGTON, DC – One thing that experts know, and that non-experts do not, is that they know less than non-experts think they do. This much was evident at the just-completed Spring Meetings of the International Monetary Fund and the World Bank Group – three intense days of talks that brought together finance ministers, central bankers, and other policymakers.

Our economic expertise is limited in fundamental ways. Consider monetary and fiscal policies. Despite decades of careful data collection and mathematical and statistical research, on many large questions we have little more than rules of thumb. For example, we know that we should lower interest rates and inject liquidity to fight stagnation, and that we should raise policy rates and banks’ cash-reserve ratios to stifle inflation. Sometimes we rely on our judgment in combining interest-rate action with open-market operations. But the fact remains that our understanding of these policies’ mechanics is rudimentary.