La guerra del Iraq diez años después

Iraqi power
Iraqi power. Photo: United States Forces – Iraq (Inactive)/flickr.

CAMBRIDGE – Este mes se cumple el décimo aniversario de la polémica invasión del Iraq, encabezada por los Estados Unidos. ¿Qué consecuencias ha tenido esa decisión a lo largo del último decenio? Y, lo que es más importante, ¿fue una decisión correcta la de invadir el Iraq?

En el lado positivo, los analistas señalan el derrocamiento de Sadam Husein, la creación de un gobierno democráticamente elegido y una economía que crece al nueve por ciento al año, con unas exportaciones de petróleo que superan el nivel anterior a la guerra. Algunos, como, por ejemplo, Nadim Shehadi, de Chatham House, van más lejos, al sostener que, si bien “no cabe duda de que los EE.UU. abarcaron más de lo que podían apretar en el Iraq”, su intervención “puede que  sacudiera la región para sacarla de un estancamiento que ha marcado la vida de al menos dos generaciones”.

Los escépticos replican que sería un error vincular la guerra del Iraq a la “primavera árabe”, porque los acontecimientos habidos en Túnez y Egipto en 2011 tuvieron sus propios orígenes, mientras que las acciones y la retórica del Presidente George W. Bush desacreditaron la causa de la democracia en esa región, en lugar de hacerla avanzar. Derribar a Sadam fue importante, pero el Iraq es ahora un país violento gobernado por un grupo sectario, con un índice de corrupción correspondiente al puesto 169º de entre 174 países.

Fueran cuales fuesen los beneficios de la guerra, son, según los escépticos, demasiado escasos para justificar los costos: más de 150.000 iraquíes y 4.488 soldados americanos muertos y un costo de casi un billón de dólares (sin incluir los costos de salud e invalidez a largo plazo correspondientes a 32.000 soldados de los EE.UU. heridos.)

Tal vez ese balance parezca diferente dentro de un decenio, pero en este momento la mayoría de los americanos han llegado a la conclusión de que los escépticos tienen razón, cosa que ha influido en la actual política exterior de los EE.UU. En el próximo decenio, es muy improbable que los EE.UU. intenten hacer otra ocupación y transformación prolongadas de otro país. Como dijo el ex Secretario de Defensa Robert Gates poco después de dimitir, cualquier asesor que recomendara semejantes acciones “debería hacerse examinar la cabeza”.

Algunos lo llaman aislacionismo, pero sería mejor llamarlo prudencia o pragmatismo. Al fin y al cabo, el Presidente Dwight D. Eisenhower se negó en 1954 a enviar tropas de los EE.UU. para salvar a los franceses en Dien Bien Phu, porque temía que fueran “tragados por las divisiones” de Vietnam e Ike no era un aislacionista precisamente.

Si bien un decenio puede no ser suficiente para emitir un veredicto sobre las consecuencias a largo plazo de la guerra del Iraq, sí que lo es para juzgar el proceso mediante el cual el gobierno de Bush adoptó sus decisiones.

Bush y sus funcionarios utilizaron tres argumentos principales para justificar la invasión del Iraq. El primero vinculaba a Sadam Husein con Al Qaeda. Las encuestas de opinión pública muestran que muchos americanos aceptaron la palabra del Gobierno sobre dicha vinculación, pero las pruebas no la han corroborado. De hecho, las pruebas presentadas públicamente eran poco fundamentadas y exageradas.

El segundo argumento era el de que la substitución de Sadam por un régimen democrático era una forma de transformar la política de Oriente Medio. Varios miembros neoconservadores del Gobierno habían instado a cambiar el régimen del Iraq mucho antes de ocupar su cargo, pero no fueron capaces de formular y aplicar una política al respecto durante los ocho primeros meses de gobierno. Después del 11 de septiembre de 2001, se apresuraron a aprovechar la oportunidad que el ataque terrorista les brindó para colar su política.

Bush habló con frecuencia de cambio de régimen y “programa para la libertad” y sus partidarios citaban el papel desempeñado por la ocupación militar americana en la democratización de Alemania y del Japón después de la segunda guerra mundial, pero el gobierno de Bush no fue cuidadoso en su utilización de las analogías históricas y pecó de imprudente con su insuficiente preparación para una ocupación eficaz.

El tercer argumento se centraba en impedir que Sadam tuviera armas de destrucción en masa. La mayoría de los países estaban de acuerdo en que Sadam había desafiado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas durante doce años. Además, la Resolución 1441 hizo recaer unánimemente la carga de la prueba en Sadam.

Si bien posteriormente se criticó a Bush cuando los inspectores no encontraron armas de destrucción en masa, en otros países estaba generalizada la opinión de que Sadam las tenía. Una actitud más prudente habría brindado más tiempo a los inspectores, pero Bush no fue el único que se equivocó a ese respecto.

Bush ha dicho que la Historia lo absolverá y se compara con el Presidente Harry S. Truman, quien dejó el cargo con calificaciones bajas de las encuestas de opinión por culpa de la guerra de Corea y, sin embargo, actualmente se tiene buen concepto de él. ¿Será de verdad la Historia tan benévola con Bush?

El biógrafo de Truman David McCullough avisa de que antes de que los historiadores puedan evaluar una presidencia deben transcurrir 50 años, pero, un decenio después de que Truman abandonara su cargo, el Plan Marshall y la alianza de la OTAN ya estaban considerados logros sólidos. Bush no cuenta con éxitos comparables para compensar su mala gestión en el Iraq.

La Historia suele ser mezquina con los desafortunados, pero los historiadores también juzgan a los dirigentes por las causas de su suerte. Los buenos entrenadores analizan su juego y el de su oponente para capitalizar los errores y beneficiarse de la “buena suerte”. En cambio, la imprudencia al buscar y presentar pruebas y la exposición innecesaria al riesgo forman parte con frecuencia de la “mala suerte”. Es probable que los historiadores futuros critiquen a Bush por esas deficiencias.

Aun cuando acontecimientos fortuitos propicien un Oriente Medio mejor dentro de diez años, los historiadores futuros criticarán la forma como Bush adoptó sus decisiones y distribuyó los riesgos y los costos de sus acciones. Una cosa es guiar a personas montaña arriba y otra muy distinta conducirlas al borde de un precipicio.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Copyright Project Syndicate


Joseph S. Nye es profesor en la Universidad de Harvard y autor de libro Presidential Leadership and the Creation of the American Era (“La dirección presidencial y la creación de la era americana”), de próxima publicación.


For additional reading on this topic please see:

Iraq: Politics, Governance, and Human Rights

Iraq’s Problems and Fears for the Future

Peacebuilding Efforts of Women from Afghanistan and Iraq


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